RELATOS POR MANUEL SOGAS COTANO

CARTAS DE AMOR


(1)


(Castillo de Oropesa)
Va por lo menos para doce años que le debo carta. Ya sabe que para algunas cosas me retraso un poco. ¡Pero que le podría decir de estos retrasos míos que no sepa, si fue usted el que me engendró!

Camino de Usagre, en el que me acompaña siempre aunque no venga conmigo, al igual que en otras tantísimas cosas, vi el cartelón grande de la autovía que indica la entrada a Oropesa, y como siempre que paso por ese lugar, me vino a la cabeza aquella frase que me dijo más de una vez al pasar por allí: “un día que tengamos tiempo nos tenemos que parar en ese pueblo para ver el castillo.”

Sin usted, pero con usted, he parado hoy en Oropesa, por fin, para ver su castillo. Anduve a lo largo de la muralla del castillo por el repecho de una calle estrecha y quebrada para pasar al pie de la iglesia, y girando a la derecha llegar a la plaza.

El castillo es como todos los castillos, sean mostrando sus esqueléticas ruinas o sus esplendores pasados: el certificado oficial de que allí donde se ven sus ruinas o permanece su pasado esplendor, un día la injusticia estuvo bien guardada. Y junto al castillo que certifica la injusticia reinante en su día, la iglesia, también de piedra y monumental para corroborarlo.

Juntos, castillo e iglesia, a pesar de que la historia oficial hable de grandeza y glorias, no indica otra cosa que allí quedó asentada por siglos la pobreza y la desigualdad entre las personas, siendo la tierra rica y los castellanos trabajadores, como los andaluces, vascos, murcianos, aragoneses o cualquier otro pueblo llano y sin derecho per se al monumento.

La tierra seca y ancha de Castilla, los esfuerzos y sudores de los castellanos por arrancar de esa tierra seca y ancha el sustento diario, y no sus castillos, es lo que explica el carácter austero y a veces seco del castellano.

El aspecto de Oropesa es el general que puede verse en cualquier pueblo castellano con algo de historia. Calles limpias, algunas empinadas, estrechas y retorcidas, y una plaza rectangular, amplia, de grandes aceras llenas de terrazas con toldos para parar el sol. Dando cara a la plaza, una biblioteca popular que data del año 1946, en la que debajo de su balconada puede leerse un letrero en el que se apela a las bondades que tiene la lectura. Algunas lecturas, podría habérsele añadido, porque hay lecturas y lecturas.

Obvio resulta decirlo. Lo especial que ha tenido mi visita a Oropesa es que la he hecho solo cuando teníamos pensado haberla hecho los dos juntos, y lo que me llamó especialmente la atención del pueblo, fue que sin ser un pueblo pequeño, tampoco puede ser dicho que sea grande, y sin embargo, tiene tres carpinterías.

La primera con la que me topé está en la calle que baja de la iglesia a la plaza. Tiene la puerta de dos hojas de madera vieja.

Las vigas del techo le servían de estanterías en las que estaban muy bien colocadas las molduras; al fondo, la figura gris gastado de la sierra de cinta y dos bancos de madera, que sin decirlo decían que sobre ellos se habían cepillado muchas maderas; el suelo con un mullido amacerado de serrín y virutas, y frente a los bancos de madera, una estufa con una pila de madera muy bien dispuesta.

Viendo aquella carpintería me llegó el recuerdo de la primera que vi en el pueblo de mamá, en Usagre, siendo yo niño, porque la que teníamos frente a casa, en nuestro pueblo, la de Salvador, no se hacían muebles. Sólo se hacían portalones para los almacenes, trineos y gradas para los arrozales, cajas para las carriolas y carros.

Un repartidor de mercancías, al que le pregunté por aquella carpintería, me dijo que había dos más iguales, y como ya le he dicho que Oropesa no es un pueblo pequeño, pero tampoco puede decirse que sea muy grande, deduje por mi cuenta, que debía tener una gran tradición carpintera.

Cuando ya me iba, paré en el Parador Nacional, un edificio de piedra y lujoso, de antigua propiedad de un Señor de época pasada. Tiene una placita redonda y no muy grande ante su puerta principal, con árboles altos, gruesos y copados, y bancos de piedra, en los que había dos indigentes con pinta sucia, una especie de macuto a sus pies y una botella de vino.

Les ofrecí un cigarro que me aceptaron, y ellos a mi vino que no acepté. Ya sabe usted que yo no bebo nada, excepto café y agua.

Bajo la fronda de uno de aquellos árboles me tumbé en un banco de piedra, descalzo y con el sombrero de paja cubriéndome el rostro me dormí, yo creo que menos de media hora antes de proseguir el viaje, y mientras me dormía, retazos de recuerdos, inconexos y de todo tipo, pasaron por mi cabeza.

Reparé especialmente en uno de ellos: en el de los cuentos de caballeros que salvaban a la princesa de los dragones de siete cabezas, que usted me contaba de niño antes de dormirme por las noches, y me llevó a ese pensamiento en concreto, las pinturas que con motivos de la Edad Media aparecen en muchas de las paredes de Oropesa. Pero lo de estas pinturas, a lo que me inducía a pensar mirándolas, lo dejo para otra carta siguiente.

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Publicado por Manuel Sogas Cotano

CARTAS DE AMOR (2)

(Coria del Río, Sevilla)


Esto es lo que podríamos llamar ir a por lana y salir trasquilado. He ido a Coria del Río, siguiendo en lo que he podido el trazado de la antigua línea del tranvía Puebla del Río- Sevilla. La idea inicial era la de llegar a Casa Márquez, porque frente a ella tenía la parada, y en ella hacíamos noche mamá, usted y yo, para tomar el primer tranvía que por la mañana salía para Sevilla.

Lógicamente no conocía al señor que estaba detrás de la barra, un señor bajito, más grueso que fino, de un habla algo cascada que le hace remarcar su acento andaluz, y amable, más que nada, o sobre todo, entrañable y amable.

Se ha liado la cosa como usted no se puede imaginar en el momento en que le pregunté si era el dueño del establecimiento. Y lo era.

De tradición me dijo: mi abuelo, mi padre, ahora yo, y mi nieto que viene a ayudarme de vez en cuando a meter cervezas en la nevera. Y hasta este punto bien, normal. Conversación de barman y cliente más o menos dado al palique.

Le dije yo de donde era y de quién era hijo, y que cuando era niño pasaba allí la noche, en una habitación de la planta de arriba, con un balcón grande, por el que yo me asomaba para observar el cableado del tranvía y el brillo de las vías por las noches, y al punto de la mañana, y por aquí empezó la entrañable y larga conversación entre Juan Márquez y yo. Conversación que en más de un punto se tintaba de nostalgias. Él con su madre, Josefita la ditera, de cuando venía a la Isla a vender tejidos, con los que mamá nos hacía la ropa a usted y a mi, y yo con ustedes, con mamá y con usted.

Enfrascados en la conversación, en la que Juan Márquez con su voz cascada, apacible y profunda, acabó por tomarme claramente la delantera, y así me dijo que en las mismas habitaciones en las que habíamos pernoctado nosotros cuando íbamos a Sevilla, se habían alojados siendo maletillas, toreros tales como Vicente Fernández “El Caracol”, al que le ayudó a ser torero uno de los Hermanos Peralta, y el “Ciclón Alemán”, Sí, un torero Alemán.

También me dijo que en aquella misma casa en la que estábamos conversando, en el “saloncito”, habían cantado en diferentes épocas de sus respectivas carreras Juanito Valderrama; José el de La Tomasa; El Turronero; El Beni de Cádiz; Manuel Vallejo y Camarón.

Fíjese en la de cosas que me enteré en el Bar J. Márquez, buscando cosas de mi niñez. Cualquier historiador de la tauromaquia y del cante flamenco me hubiera envidiado de estar tan cerca de una fuente de historia viva como es Juan Márquez. ¿A que sí?

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Publicado por Manuel Sogas Cotano


CARTAS DE AMOR (3)


(Calle Rafael Beca, Isla Mayor, Sevilla)
En el pueblo ya no hay cines. ¡Y cuidado que hay gente! Yo cálculo que habrá entre siete y ocho mil habitantes.

El cine de verano está cerrado. La pantalla de obra todavía se ve desde la calle. Han aprovechado su edificio para hacer un restaurante, el Estero, que por lo visto tiene una buena reputación y hasta viene gente de Sevilla. Debe ser bueno.

Y, ¿a qué no se imagina lo que han hecho en el cine de invierno? Supongo que a lo mejor le hace sonreír cuando se lo diga. Han puesto una tienda de esas que llaman gran superficie, ¿qué le parece?

Yo no entendía, pero ahora ya lo entiendo, que no me creyeran en Zaragoza cuando decía en que en mi pueblo había dos cines, uno de verano y otro de invierno con sesiones diarias, y en el último, dos sesiones todos los días, cuando rondaríamos los mil y pico habitantes. Claro, como yo era andaluz y los andaluces tenemos esa fama, pues claro…, vamos que les parecían muchos cines.

Menos mal que no se me ocurrió decirles que fueron cinco los cines que con mejor o peor fortuna tuvo Isla Mayor…, y ¡cuando todavía no éramos ni pueblo! Que esa sí que es buena, sin ser pueblo.

Supongo que no lo recordará usted, pero la primera película que vi, y solo, fue La Mula Francis, una mula que hablaba con un soldado en un frente de la Primera Guerra Mundial. Seguramente la menos animal de aquella guerra fuera la Mula Francis. La gente se reía mucho, pero yo no, a lo mejor fue que no entendía la película.

Aquel cine donde ví esa primera película mía estaba al costado de la ferretería de García, al lado opuesto donde se ponía el Pastelero con sus dulces y la cesta de garbanzos tostados. Me dijo mamá que aquellos garbanzos se tostaban en una perola con yeso. Yo no sabía entonces que era el yeso.

El otro cine, al que iba con usted y con mamá y que me dormía siempre si la película era de “amor” y no de guerra, estaba entre la fábrica de papel y un costado del barracón de madera de la Compañía, donde a veces se hacían peleas de gallos que a mi no me gustaba ver, frente a la ferretería también de García.

Otro cine, el tercero, que duró muy poco, pero que existió, fue el del médico, don Jesús, que estaba dentro de los muros de la fábrica de papel, al lado del depósito de agua de Rafael, que ya no está, no sé por qué lo tuvieron que tirar. Al cine de don Jesús no fui nunca.

Al cine de verano que ya le he dicho, el del restaurante actual, iba con Alfonso, Barco, Francisco y otro niños que ahora no recuerdo sus nombres, pero si recuerdo no haber bebido nunca tanta gaseosa como aquella noche que vimos Veracruz, porque a uno de nosotros se le ocurrió que compráramos una botella (que fue la primera) para beber nosotros gaseosa al tiempo que los actores bebían güisqui. ¡Dios mío, que borrachos ellos y que panzada de gaseosa nosotros! Si no fueron tres, al menos dos veces, fui a mear.

Un día de Año Nuevo estrené un traje de pantalón largo. No recuerdo si el traje me lo hizo mamá o me lo compraron en Sevilla, pero si recuerdo que aquel día estrené más cosas, además del año que empezaba. Fuimos una niña y yo al cine de invierno, a la sesión de las seis y media, y después del No-Do, cuando se apagaron las luces de nuevo, ella me cogió la mano, y yo por debajo del vestido le acaricié las piernas…, y más cosas, que ahora me da corte decirle. Pues donde estaba aquel cine de invierno está ahora el Supermercado que ya le he dicho. En resumen, que ya no hay cines en Isla Mayor.

*Publicado por Manuel Sogas Cotano

CARTAS DE AMOR (4)


(Antiguo molino y secadero arrocero frente a la casa de José el Cartero, en la calle Blas Infante de la Isla Mayor, Sevilla)
He pasado por la puerta de la casa de José el Cartero, frente al molino, que se lo van comiendo los años, de seguir a este paso, de aquí a poco nadie lo va a recordar.

La calle donde está la casa de José el Cartero se llama Blas Infante. No sé si sabrá usted, que Blas Infante, harto, hasta las cejas, calculo yo, de ver la incompetencia, la corrupción y la inmoralidad de lo dirigentes españoles, monárquicos y no monárquicos de su época, en la alborada del siglo XX, pidió que los andaluces levantaran la cabeza y que Andalucía fuera independiente dentro de los Estados Unidos de España.

No sé si usted sabía eso o no, pero el caso es que esa parte de la historia no me la había enseñado. Lo que no sé es que podría pedir hoy Blas Infante.

Ante la puerta de José el Cartero me he detenido y he cerrado los ojos, y me ha parecido ver en una noche cualquiera, aquella multitud de rostros tostados por el sol y cuerpos cansados por el trabajo, a la espera de que alguien a la luz de una bombilla que colgaba de su cordón, leyera el nombre del destinatario en las cartas recibidas. Como en la mili, pero sin soldados, sólo trabajadores.

Pero ya le digo, eso es lo que a mi me ha parecido, porque la calle estaba vacía.

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CARTAS DE AMOR (5)



(Francisco Javier Aguilar Barrera en la puerta de su establecimiento, El Puesto Grande, en Isla Mayor, Sevilla)
Ya lo sé. Como en otras tantas ocasiones usted tenía razón, la Pepsi-Cola no me iba a gustar. Pero yo había visto el tape de propaganda en la pared de El Clavel, en Puebla del Río, donde paraba la viajera amarilla de Carvajal que iba y venía dos veces al día a Isla Mayor, y quería una.

Que no te va a gustar, me dijo usted. Yo quiero una, le respondí.

En verdad, si la gaseosa y el sifón de Garrigós no me gustaban, porque me explotaban las burbujas en la boca y me producían un cosquilleo casi doloroso en el paladar, ¿qué razón había para que me gustara la Pepsi-Cola? Ninguna.

En el Puesto Grande, como solo era un mostrador de madera y no había otras paredes que las que Dios le puso al mundo, no tenían tapes de propaganda colgados de la pared. Pero a mí me daba igual. Yo quería una.

Y se acercó el hombre que servía las mesas de madera que se extendían delante del mostrador del Puesto Grande, en la explanada que había junto al depósito del Agua de Rafael. ¿Qué va a ser…? Preguntó el camarero. No recuerdo que pidieron usted y mamá, pero yo sí: una Pepsi-Cola.

Que no te va a gustar, me dijo usted. Que sí, le respondí.

Pues, no. No me gustó.

Yo creí que aquella botella alargada, cuando la abrió el camarero, no tenía más que espuma, y en el vaso que la vacío, mas espuma, de color negruzca… Y muchas burbujas explotándome en el paladar.

Después de aquello, las gaseosas y sifones de Garrigós, para mí, agua bendita.

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Publicado por Manuel Sogas Cotano


CARTAS DE AMOR (6)


(Frente a la antigua Estación del tranvía en Puebla del Río)


Nada, de la Estación del tranvía en Puebla del Río, no queda nada. Solo un solar donde aparcan los coches y algo de botellón de los jóvenes. Bueno, de los jóvenes no, de la gente que tiene poca edad, porque el ser joven no tiene mucho que ver con la edad.

Me he dejado ir por la calle Larga que tan apenas he reconocido hasta el final de la misma, que antes te dejaba casi en la puerta de la Estación. Está el pedestal escalonado y redondo con la cruz también redonda, me ha producido la misma sensación de siempre, una especie de repelús interior que ni entonces ni ahora sé explicar.

Los cacharritos de las ferias, las voladoras y los cochecitos mezclados con caballitos de cartón y máquinas de tren dando vueltas, ya no los ponen allí, al final de calle Larga, los ponen en un naranjal que han arrancado y que ya no existe.

Queda, sí, el Bar Estación. Lo he reconocido al verlo. El azulejo de su zócalo es multicolor, alegra la vista, o los recuerdos a través de la vista, y sus mesas cuadradas, pero que no son de mármol y las sillas de madera color oscuro, con el respaldo redondeado.

De sus paredes cuelgan diversas fotos, y alguna pintura, rememorando la Estación y el tranvía.

Ni que decir tiene que el personal que lo atiende es solícito y amable. Me respondieron a cuantas preguntas les hice.

Salí del Bar Estación y con la mirada busqué las chimeneas altas de los hornos de cerámica que había entre Puebla y Coria, sabiendo que no las vería.

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Publicado por Manuel Sogas Cotano


CARTAS DE AMOR (7)


(Al pie del almacén de Sierra, el secadero natural, donde estaba la trilladora fija, y al fondo, el Poblado Queipo de Llano)



Aquella noche la pasó usted en lo de Sierra. No sé la razón. Quizás fuera porque le andaban trasteando a la trilladora fija, grande, de madera, gris, que estaba a uno de los costados del almacén grande, Juan, el mecánico de Las Cabezas de San Juan, que hacia poco había llegado de su pueblo, junto a otros hombres y usted.

Puede que fuera también, porque acababan de instalar una especie de teleférico, como en las películas, para que la paja que salía trillada se transportará aéreamente con una parihuela que colgaba y se deslizaba por un cable desde la trilladora a la esquina del secadero, la que daba a la carretera que venía de Isla Mayor y continuaba hasta el Poblado.

A Juan el mecánico y a su familia le dieron la casa que estaba al lado de la nuestra en Santa Rita. Al otro lado, al izquierdo de nuestra casa, estaba la casa de Vicente Bisbal, el capataz valenciano. De esto si me acuerdo, pero de por qué pasó usted la noche en lo de Sierra no.

De lo que sí estoy seguro, y para mí que usted también, es que fue aquella misma noche la primera que pasé fuera de casa (sin contar aquellas otras que en el Grupo Beca, mamá me ponía el pijama y me venía a buscar la mujer de Miguel, que entonces eran novios, para dormir con ella, porque yo era muy niño, tanto que ahora mismo no recuerdo con seguridad el nombre de la novia de Miguel, y por eso no cito su nombre, no sea que ahora al cabo de los años la vaya a liar, dando un nombre por otro).

Pero no sólo fue mi primera noche fuera de casa. Fue también la primera noche que dormí sólo, y lo que fue más importante para mí: revuelto con los trabajadores que venían de otros pueblos a la temporada del arroz.

Tampoco sé si todo esto se lo contó usted a mamá, yo desde luego no. No por nada, sino porque si no lo sabía no me pondría reparos otros días para ir solo a lo de los Sierra. Eso al menos fue lo que yo pensé. Y funcionó.

Por supuesto que recuerdo que me costó Dios y ayuda para convencerle de que me dejara dormir solo en el almacén grande.

Los hombres se acostaron en el suelo del almacén, sobre fardos de sacos vació que había. El hijo pequeño de Sierra y yo nos subimos para dormir a lo alto de los sacos apilados llenos de arroz. Esto no se lo dije.

Desde lo alto de los sacos, casi sin ponernos de pie, podíamos tocar las crucetas del techo del almacén, y cuando llegamos arriba asustamos a dos gatos, y ellos a nosotros, o por lo menos a mí.

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Publicado por Manuel Sogas Cotano


LAS TRES LLUVIAS
(Relato)



La noche se ha ido en una torrentera de lluvia. No ha parado de llover. Subo la persiana y el cielo está todavía preñado de lluvia, oscuro, con algunas irisaciones de blanco lechoso que pintan negro al momento y dicen que va a seguir lloviendo.

Ayer llovió en Madrid, y siempre que llueve en Madrid, un día o dos después lo hace aquí, en Zaragoza. Las nubes se encaraman al viento, se agarran a él, y vienen volando por los llanos de Guadalajara y los montes de Soria hasta que llegan a Zaragoza. No sé si después de Zaragoza las nubes continúan viaje a otro sitio. No lo sé.

En realidad casi no sé ni por qué llueve ahora. Antes llovía porque Dios quería, y cuando se retrasaban las lluvias porque a Dios se le olvidaba dibujar las nubes, se le recordaba que lo hiciera sacando en procesión al santo del pueblo.

Pero eso era antes, ahora ya casi no quedan ni pueblos, y los santos que hacían de recordatorios a Dios para que lloviera, me parece, deben estar en las listas del paro, pero esto tampoco lo sé con certeza.

Solamente sé con certeza que la lluvia tanto antes como ahora es buena: hace crecer las cebadas y los trigos y los centenos, y verdean los campos de yerbas y flores, y llenan los ríos y los colores ocres, grises y pardos de las Marismas del Guadalquivir los convierte en un mar inmenso, más grande que el mar: verdes arrozales, que por el otoño se vuelven color oro viejo.

Viendo bajar la lluvia a través de la ventana, los pretéritos más lejanos, los de la niñez, llegan solos, sin llamarlos, y a ratos no se sabe bien si esta lluvia de ahora es de ahora o de cuando era niño que sigue lloviendo y trae recuerdos.

Pero esto son efectos de la lluvia. El motivo que la origina no lo sé. Yo de razonar sé poco, y menos de lluvias.

Los puntos de lluvia que llegan furiosos a la ventana se deshacen, se vuelven mansos y escurren como lágrimas de adolescentes escribiendo nada sobre el cristal.

Los tejados desde la ventana se ven brillantes, la lluvia les ha sacado lustre durante toda la noche. Las tejas que más brillan son las viejas, las tejas árabes, las que son curvas y se cocieron en hornos de leña y chimenea alta, las de las casas que llevan mucho tiempo hechas y más agua han recibido, las que más colores tienen, las que son de la misma carne que las ovejas de barro cocido de los Belenes de antaño.

*

Si sigue cayendo la lluvia los campos se llenarán de alegría, y por la primavera habrá buen tempero. La siembra será buena y dará cosechas abundantes, y esa abundancia que es buena, los hombres la tornarán mala: los precios del campo seguirán bajos y continuarán subiendo en la ciudad.

Hace buen tiempo porque está lloviendo, pero la radio dice que lo hace malo. Está lloviendo, y lo continuará haciendo durante todo el día, las nubes no paran de hervir y a cada rato que pasa hay más y más nubes.

La oscuridad de la mañana se va alargando con el día, y a la otra parte de la ventana se oye un rumor largo y apagado, como las notas graves de un acordeón en la lejanía.

Se van llenando los pantanos que estaban resecos y cuarteados. Si continua lloviendo más, seguramente los pueblos del secano, los que están a la margen derecha del río Ebro, tendrán por el verano agua para beber, y no hará falta que se la lleven los bomberos en cisternas como el verano pasado, ni los ganaderos tendrán que llevar desde otros pueblos cubas de agua a toda prisa para que sus ganados no revienten de sequedad.

Pero la radio sigue diciendo que hace mal tiempo. A lo mejor la radio se está refiriendo a otra cosa que no alcanzo a entender.

El agua del Ebro con la lluvia baja turbia y con nervio, a veces arisca y rizada, levantado surcos, como si fuera un campo arado que se desliza con prisa por las arcadas del Puente de Santiago.

Cuando pasa bajo el Puente de Santiago se amansa un poco, hasta el Puente de Piedra, y después de pasarlo a las aguas le entran más prisas y se empiezan a perder por el Puente de Hierro, el del Pilar. Se ven difuminarse en la lejanía hasta que se van del todo río abajo y ya no se ven.

Cuando amaine el agua y escampe del todo, las gentes saldrán de sus casas y se agolparán en los quita miedos de los puentes para ver la novedosa crecida del río, y parecerá que sobra agua, como dicen los políticos que se la quieren llevar a otras tierras. Pero el agua no sobra.

Al final del río está Tortosa, y por allí hay cultivos, muchos arrozales que necesitan el agua que va al mar, pero antes de que se sale.

Si no sigue lloviendo otros días, como ayer y hoy, cuando llegue el verano, al río Ebro que lo tengo a una mirada, si no fuera porque me cortan la vista los seis tejados que los constructores han levantado entre el río y yo, se le podrá cruzar a pie por el Puente de Hierro, sin que el agua moje la rodilla… ¿Y se quieren llevar el agua que sobra?

*

Cuando llovía mucho en mi pueblo los obreros del campo no salían a trabajar, porque se hundían en el barro de las marismas, igual que los tractores y los mulos y los bueyes, y el pueblo se hacia otro. Era como si de pronto se hiciera grande, como si el agua lo hinchara y le cambiara los colores y el olor a la tierra, y a las gentes en las calles cuando descampaba las multiplicara por seis, y las calles se llenaban de charcos y barro, y algunas se hacían como minúsculos ríos.

Cuando escampaba, si mirabas a la parte del Coto de Doñana, hacia el Oeste del pueblo, muchas veces se veía el arco iris, un gigantesco arco de colores, que si te acercabas a él y te entraban ganas de mear y meabas, te convertías en niña.

Así que como yo no me quería hacer niña, me cuidaba mucho de no caminar los días de lluvia hacia la parte del Coto, y por esa razón decidí andar en dirección opuesta, al Este, hacia el río Guadalquivir, que está tendido a unos cinco kilómetros del pueblo, y a tan sólo dos de donde yo estaba aquel día: la finca de Santa Rita, porque era el tiempo más alto y urgente en las faenas del arroz, la planta, cuando más prisa le entra al trabajo, para que los arroces recien arrancados de las planteras y atadas las galvas con esparto y repartidas por las tablas no se pusieran amarillos y se murieran.

Los aventureros que salen buscando aventuras son muy valientes, y yo lo soy. Me lo dice Andrés, el tractorista, cuando jugamos a buenos y malos por entre los sacos llenos de arroz, cosidos y apilados, y lo cojo prisionero:

“¡Quieto Andrés, ni un paso más. Arriba las manos. Entrégate!” -le grito. Y Andrés se rinde, porque Andrés se rinde siempre, levantando los brazos cuando le doy el alto, pero luego no lo llevo a la cárcel ni nada. Seguimos jugando a otra cosa.

Antes de que venga la noche estaré de vuelta y ni mis padres ni nadie se enterarán. Ni siquiera Andrés al que le cuento todo, pero todo, todo, no.

Iré al río para ver si los barcos grandes que pasan con la marea alta se hunden si les cae la lluvia por encima, como le pasa a la barca de Benjamín, que siempre que se la llenamos de agua en el Canal Grande se hunde.

Con las botas altas de agua no me mojaré los pies, y con el sombrero de paja, si llueve mucho, las chispas de agua no me darán en la cara, que molestan mucho y no dejan ver bien, y me echaré la navaja pequeña al bolsillo por si acaso, no sea que me salga una fiera de entre los carrizales y las espadañas, o una serpiente de agua, como a los aventureros de verdad, y me tenga defender, aunque por aquí no hay ni leones ni tigres ni nada de eso.

Comida no me hace falta. Sin comer se puede resistir mucho tiempo. La vez aquella que estuve sin comer nada de nada desde el desayuno, café con leche y migas de pan duro, que son las mejores migas, hasta que llegó la hora de la cena, no me pasó nada. Beber si. Beber hay que beber. La sed es muy mala y no se puede resistir. Si no bebes en un día te entra mucha sed y te entran calenturas y todo. Pero agua tampoco hace falta que me lleve. Si me da sed beberé de los canales o de la que queda en las pisadas de los caballos o en la de los juncales, que está dulce, pero no muy dulce.

A mano izquierda dejo el Poblado. El último edificio son los almacenes de la Compañía, y a la derecha está la choza de el Cano. Se ve muy bien desde lejos, porque está encalada toda de blanco y el techo tiene la paja negra.

Cuando se sale al campo, me lo dijo una vez mi padre, hay que tener puntos de referencia para que no te pierdas, porque si no sabes muy bien por donde vas, te pierdes. Cuando vuelva será al revés, el Poblado me quedará a la mano derecha y la choza del Cano a la izquierda.

Lo malo va a ser cuando dejé atrás el Poblado, porque ya se acaban los arrozales y empieza la playa con las gramas debajo del agua y las espadañas que son mucho más grandes que yo…, pero bueno, si me pierdo, todo recto. Andaré todo recto si me pierdo, porque como el mundo es redondo, si ando siempre recto apareceré otra vez en mi casa.

Empieza a chispear. De aquí a poco empezara otra vez a llover. Oigo como me dan las gotas de agua en el sombrero de paja. Me gusta el ruidito que hacen, es como si tamborilearan en el sombrero. Me gusta. El viento que trae las gotas de agua está un poco frío, pero andando no hace frío. Andaré un poco más de prisa para que me entre más calor.

Cuando me entre miedo cantaré, como hacen los soldados cuando van a la guerra, que para que se les pase el miedo cantan, y después se hacen muy valientes y siempre vencen.

Mi padre dice que cuando la guerra, si te quedabas solo, sin ver a nadie, el miedo te hace oír, de un ruidillo de nada, como si fueran voces, y el ruido de un papel volando se te hace como un cañonazo, y el corazón se te pone muy acelerado, como cuando un tractor se atasca en el barro y le patinan las ruedas y no puede salir. Pero ahora aquí no hay guerra, las guerras que hay están por ahí lejos, por el extranjero, que siempre están guerreando.

El corazón se me ha puesto a funcionar un poco más de prisa, pero muy poco, y no es de miedo, porque por aquí no hay nada que me meta miedo. No oigo voces ni nada. Ahora por aquí no habla nadie. El ruido que oigo es el de mis pisadas por el barro, con las botas de agua siempre se hacen ruidos por el barrizal, y el chapoteo que a veces oigo no son las pisadas de un animal peligroso que me venga siguiendo desde que salí de mi casa, soy yo también, y ése otro ruido que sube y baja de vez en cuando y a veces parece como si alguien silbara, son las hojas de los carrizos grandes que tienen que cortar el viento para no ser tumbados, porque el viento que viene es fuerte. No me está entrando el miedo, no. Yo soy valiente.

…¿Y las voces de ahora…, las que trae el viento ahora?...

No, no es el miedo. ¡Que susto me han dado! Son obreros del campo que van al pueblo, o a lo mejor van a mi casa, a lo mejor son trabajadores nuestros, a los que mi padre paga todos los martes con el dinero que trae de Sevilla en una caja de cartón. Mi padre sabe mucho, y por si le salen ladrones por el camino, el dinero que trae de Sevilla lo mete en una caja de cartón de botas grandes vacía y la lleva en la mano, atada con cuerda gorda de coser sacos, y así, si le salen ladrones, creen que es pobre, que no lleva dinero y no le roban, porque dice mi padre que nadie lleva dinero en una caja de cartón atada con un acuerda, y así va seguro y puede pagar a los trabajadores todos los martes por la tarde, cuando ya es casi de noche y los trabajadores han dado de mano.

Sí, seguro. Los que han pasado sin verme son de la gente que viene de fuera. Son cosacos, así le llamamos a los extremeños que vienen a trabajar en el arroz. Me he dado cuenta por el habla. He oído como uno de ellos, el que más encorvado andaba, el que parecía el mas viejo de todos, decía: “¡Chacho, chacho, que ventisca y cuánta agua… La madrecita que parió!” Y, después el ¡ris! ¡ras! de los pantalones al andar. En el pueblo, quitados los cosacos, pantalones de pana no lleva nadie.

Mi madre es cosaca, mi padre no. Mi padre es de Granada y vino aquí cuando lo guerra. A los valencianos que vinieron a plantar el primer arroz y que se quedaron en el pueblo, y ya son como si fueran del pueblo, sólo les llamamos valencianos, y los castellanos somos los de aquí, los del pueblo, que somos muy pocos, porque el pueblo lleva muy poco, desde la guerra.

Todavía no tenemos ni nombre. Mi padre dice que cuando pase el tiempo y yo me haga mayor, el pueblo tendrá nombre, como todos los pueblos, y como esta tierra es muy grande y hay agua por todas partes, a lo mejor se llama Isla Mayor, porque los nombres que tenemos ahora de El Puntal o Villafranco del Guadalquivir, no son nombres de pueblo ni nada.

Se me han llenado las botas de agua. El agua se me ha metido por arriba, por las rodillas. Con las prisas para que no me vieran los cosacos que han pasado, porque no quiero que me vea nadie, me he metido sin ningún cuidado en los carrizales y me he mojado hasta un poco más de la cintura.

Cuando me he escondido en el agua para que no me vieran los cosacos que han pasado, el agua no estaba fría, pero ahora que he salido y me da el viento, sí. Está un poco fría.

Ahora me tengo que mirar, no sea que tenga alguna sanguijuela pegada. Que se me haya metido alguna por las botas y se haya pegado en la parte de atrás del tobillo, o en la ingle, que es donde más les gustas a las sanguijuelas chupar la sangre.

A los animales cuando llevan mucho tiempo en el agua se les pegan las sanguijuelas por lo más tierno que tienen.

Ahora si que está frío el viento que llega. Como me he quitado una bota, porque la otra se me ha quedado perdida por el cieno del carrizal; los calcetines; el pantalón y los calzoncillos, el frío se nota mucho.

En los tobillos no llevo ninguna sanguijuela y en las ingles tampoco. Lo he comprobado bien. Me ha pasado la mano varias veces y no hay ninguna. No tengo ni un pelo por las ingles, sólo un poco de vello normal, pero a mis amigos les digo que ya me están creciendo.

Creo que voy a cantar un poco…, o mejor cuando me entre un poco más de miedo, porque soy un valiente. Canciones sé bastantes: “Una paloma Blanca, Los Campanilleros, Que bonita que es mi niña, El macetero…,” pero enteras, enteras no. Y un fandango, me sé también un fandango.

El viento silva ahora más que antes. Se ve que cuanto más oscura se hace la tarde el viento silva más. A veces es como si me llamara por mi nombre y me dijera: ¿dónde vaaass, dónde vaaass?

Voy a cantar: “¡En la puerta de un rico avariento llego Jesucristo y limosna pidió...! ¡Una paloma blanca como la nieve, como la nieve, como la nieve y como la nieve…! ¡Que bonita que es mi niña entre los trigales ver…!”

Si me entra mas miedo lloraré…, los hombres no lloran, pero aquí no hay nadie que me pueda ver. No me oirá nadie. Nadie sabe que estoy por aquí. Además, una vez ví con mis propios ojos como Roberto, que es un hombre con hijos y todo, lloró. Cuando se le murió la mujer, que me fijé muy bien.

… Los roces que oigo ahora, cuando aflojan un poco los silbos del viento, parecen como los de un cuerpo deslizándose por el agua hacia mí, rozándose por entre las espadañas, como si se frotara un papel de estraza contra el suelo. Oigo también el chapoteo suave que hace por el agua. Los oigo muy bien. No, no es el viento.

Viene hacia mí. A lo mejor ese ruido que me llega es el de una fiera de la noche que ya ha salido a cazar para comer y llevarle la comida a sus crías. Voy a seguir cantando:

“¡Una paloma blanca…, como mi niña y Cristo…, por los trigales!”

Cuando se perdió el hijo de Evaristo salieron todos los hombres del pueblo a buscarlo. Lo encontraron llorando y tiritando de frío como un perrillo chico, dentro del Canal Grande que lo chupaban las compuertas. Menos mal que se agarró a los matojos de la orilla, que si no se ahoga. Pero entonces se sabía por donde había ido. Pero ahora nadie sabe donde estoy, y con las lluvias los caminos están mal. Si salen los del pueblo con los tractores a buscarme se atascarán. No pueden salir. Nadie vendrá a por mí.

Los silbos del aire, aunque ahora son más recios que antes, casi no los oigo. Oigo más el roce del cuerpo entre las espadañas que sigue acercándose…, me cogerá. Me cogerá de un momento a otro, en cuanto me vea, aunque está todo oscuro…Y oigo también un ¡ris! ¡ras! por el otro lado. Estoy rodeado, y oigo murmullo de voces roncas:

“Al muchachino lo vimos por aquí,” me parece oír una voz cosaca. Las espadañas de mí alrededor se han apartado violentamente, un escalofrío afilado se mete por los huesos. Me paraliza el cuerpo y me hace temblar. Yo creo que ya estoy llorando, pero a lo mejor es el agua de la lluvia la que me chorrea por el rostro, pero son más lágrimas que agua.

No, no me estoy imaginando nada.

Una mano fuerte, de hierro, rodea mi brazo y me arrastra por el agua. Me siento fuertemente abrazado, pegado a un cuerpo fuerte, ágil, como una vara de mimbre que se cimbrea, y en mi rostro húmedo de lágrimas, noto una barba que rasca.

Es mi padre. “Llora, anda, llora lo que quieras, pero deja ya de cantar, so valiente”, me dice. Y los cosacos nos miran a los dos, a mi padre y a mí, sin decir nada.

***



Sdmo. : Manuel Isla.

Manuel Sogas Cotano

Zaragoza, 27.02.08

















































PENSAR PARA VIVIR

(17)

El ayer no existe, se ha ido, de lo que fue no queda más que el recuerdo, un pensamiento vivo que lo mantiene erguido. El mañana no es otra cosa que un pensamiento echado hacia adelante. Vivir es el pensamiento activo: recordar.

En el Paso, un bar como cualquier otro, antes de sentir sus labios tímidos y finos, y antes de que nuestras lenguas todavía indecisas rozaran su tibiezas, ella había aspirado profundamente, y el aire aspirado por entre sus dientes blancos como la cal, fue la caricia suave de la brisa entre los álamos del río, donde por primera vez estuvimos el uno dentro del otro, donde ella dijo y yo asentí, que nuestro amor era limpio.

La sensación hercúlea de tener todo en mis brazos, cuando daba su espalda contra mi pecho, abrazándola de pie, como niños, en la plaza de aquel pueblo soriano minúsculo, en una punta de la Provincia, oyendo extasiados como el Cuentacuentos de Berlanga J.C., nos pintaba las andanzas de su Hombre Invisible.

Despidiéndonos le hacíamos trampa al tiempo, creíamos hacérsela, porque vanamente pretendíamos detenerlo, ella en silencio y yo sin decir nada, en la calle, con las manos entrelazadas. Yo pensando que hasta la próxima vez que nos viéramos faltaba menos, ella rota por dentro, viendo el otro calvario hasta llegar a su casa, donde le esperaban sus hijos y el marido, rezumando lágrimas sus ojos…

Estos recuerdos, parejos, aunque de otra naturaleza, con los de mi padre y niñez, no quiero perderlos. No quiero morir sino cuando muera.



* * *



Manuel Sogas Cotano

Zaragoza 12 Agosto 20