CERREÑOS II

17.3.09

Continuando con los recuerdos de mi estancia en la Isla Mayor del Guadalquivir, diré que a mi padre lo trasladaron de El Carmen a Calonge; bueno a unos barracones idénticos a las famosas barracas valencianas. El techo era de juncos, y las paredes eran un entramado de varas recubiertas con barro. No tenían chimenea, por lo que cuando se encendía el fuego para cocinar (a la altura del suelo), o para calentarnos, la humareda era descomunal. Las habitaciones no tenían puertas; se tapaban con una cortina, bien de saco, bien de lona. El suelo era de tierra, que a fuerza de barrer y mojar con agua, estaba muy duro. No había agua potable. Con un carro y en unas 40 vasijas de madera, que imitaban a los bocoyes, aunque mucho más pequeñas, iban a buscarla no recuerdo donde. Me imagino que a El Puntal, aunque antes de hacer la fuente, la traían de Colina. Como la leña era muy escasa, el fuego se hacía con boñigas de vaca bien secas. Por la zona de Calonge pastaba la ganadería de reses bravas de Escobar, que tenía un capataz apodado Seisdedos. La memoria no me es muy fiel cuando me parece recordar que más al sur de El Puntal, había un poblado más pequeño, con un economato. Allí compró mi padre (Martín Caro), y comí por primera vez, las galletas de coco. En un embarcadero había fondeado un buque pequeño, a cuyo dueño le apodaban “El cojo”. Ese barco hacía de taberna. Recuerdo la expresión “Nos vemos en la tasca del Cojo” El trabajo arrocero era mayoritariamente manual. Sólo la preparación de la tierra se hacía con tractores que tenían las ruedas metálicas y con estrías para que no patinaran. No voy a entrar en la metodología desde la siembra hasta la recolección, sencillamente porque no la recuerdo. Sólo vienen a mi memoria hechos aislados. Por ejemplo, los trineos que se utilizaban para repartir los manojos del replantado a las diferentes cuadrillas, y para recoger las gavillas tras la siega. Esos trineos iban tirados bien por caballos percherones, o por bueyes. A estos últimos los alimentaban mayormente con algarrobas. Recuerdo que yo en más de una ocasión tuve problemas para ir al baño (eso decimos ahora, que antes le denominábamos de otra forma), por robarle alguna que otra algarroba a los bueyes. A las gavillas, antes de ser llevadas a las explanadas donde sería trillado el arroz, se le quitaba gran parte de la caña: Se hacía con una hoz gigante, que se llamaba charrasco o algo parecido. El trillado se realizaba con una máquina trilladora impulsada por un tractor al que estaba unida por una gran correa trasmisora. Curiosamente, la correa había que colocarla haciendo una especie de X en el centro. El arroz, una vez embasado, los sacos se apilaban a la espera de que llegaran los camiones de Rafael Beca. A mí se me antojaban unos vehículos enormes, con dos pares de ruedas gemelas. Creo que eran parecidos a los GMC del ejército. Eran de gasolina. En dos ocasiones que yo recuerde, y de madrugada, llegaron camiones con un fuerte contingente de guardias civiles o policías, y ordenaron a mi padre que mandara cargar esos camiones. Eran unas horas intempestivas, y el personal estaba descansando. Ante la resistencia de mi padre por no tener información ni orden de Puchades (dueño del arroz), la emprendían a mamporros con él y levantaban a gritos a los trabajadores. Al final dejaban una nota firmada en la que declaraban llevarse una carga de arroz inferior a la que realmente se llevaban. Era la posguerra. Saludos cordiales.

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