AQUELLA SIEGA.....

28.9.09



En estos días en Isla Mayor hay un olor especial. Huele a cosecha. Poco a poco los tractores con los remolques cargados de arroz van inundando carreteras y muros. Las aceras de las cafeterías de la avenida principal se convierten en un palco de preferente ante el que van desfilando los remolques con la cosecha, mientras los contertulios del café, casi susurrando, van anunciando que “ya va estar la Isla segada”. Un halo de nostalgia inunda esas palabras.
En la Isla siempre se está hablando del arroz, pero de todas las conversaciones hay una que en esta época siempre aflora:
“Antes se trabajaba más en la siega, había que extender el arroz, secarlo en los secaderos de sol, barrer los secaderos, guardarlo en el almacén, sacarlo al día siguiente… pero que bien lo pasábamos cuando llegaba la siega. Las mujeres, los niños y niñas acudían a los secaderos donde estaban los hombres segando. Se desayunaba con los maquileros. Se hacían polluelas, panceta a la plancha, tostadas, botas de vinos, tomates con sal…”
Parece como si, después de los cinco o seis meses de espera, todo acabase demasiado pronto, sin tiempo suficiente para saborearlo, para disfrutarlo.
Todos esos recuerdos, ya sólo están vivos en parte de nuestra memoria colectiva, y parecen restarle importancia a la siega de ahora.
Pero la Isla sigue oliendo igual, a fango, a grano maduro, el polvo se divisa desde muy lejos del pueblo...

En esta época parece que el pueblo esté más vivo, hay bulla en las calles, se pregonan las buenas cosechas, se disimulan las malas, (nadie quiere quedar por debajo de la media en kilos). Los más tempraneros en segar, siembran el desasosiego entre los que aún no tienen la cosecha madura o los que no encuentran máquina. Los primeros ya sonríen, los segundos, preguntan y preguntan con nervios, para saber “cómo está saliendo la cosa por ahí”.
Durante un mes, nos volvemos inquietos, nerviosos….
Simplemente creo que, a veces, tenemos tanta prisa, que nos olvidamos de que hay pequeñas cosas que nos hacen verdaderamente felices. Basta con llevar una barbacoa a la zona, dos trozos de carne, algo para beber y ya está, sino toda, parte de esa siega que nos gusta recordar en esta época del año, volverá. Es en esas pequeñas cosas donde está finalmente la felicidad y por su puesto en tener una buena cosecha, pero quizás parte de nuestro espíritu isleño necesite algo de lo primero.

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