MÁS DE LA ISLA QUE UN PIQUETE DE ARROZ

3.3.09

Aquella mañana entramos en el tajo como todas las mañanas, a las claras del día. Era la época de la planta. Yo había dejado a mi Francisquito en la banqueta del canal. Hacía como una camita con un saco y una mantita y, con una argolla que yo le había hecho de sábana, lo ataba por la piernecita a una estaquilla, yo estaba mu sola en la Isla, no tenía con quién dejarlo. Además, con quién lo iba a dejar si todo el mundo estaba trabajando hombre, mujeres, niños…
Mi cuñada canturreaba a mi vera como era su costumbre, decía que “el que canta su mal espanta”. Toldo iba bien, llevábamos un buen ritmo, no podía ser de otra manera… tu ya me entiendes. Como a eso de las 12, lo calculé por el sol, porque usted ya sabrá ni teníamos pá comprarnos reloj y ni pensar de llevarlo en el tajo… tú ya me entiendes, cada vez que clavaba un piquete de arroz me quedaba por unos segundos respirando varias veces seguidas. Mi cuñada me decía -¡vaya tela como estás tú hoy! Si ya lo llevo diciendo un par de día que tú no estás pa esto.
Y era cierto, no estaba para eso, pero que podía hacer, si me salía del tajo antes de que el capataz lo ordenara perdía la peoná, y no estaba la cosa pa tirá ni pa jalá.
No veía la hora en que el capataz llegara con el caballo y dijera que ya estaba bien por hoy, que mañana sería otro día.
Cuando escuche llegar al capataz, como pude, me dejé caer al lado de mi Francisquito, y allí, en ese mismo lugar vino al mundo mi chica. El capataz, viendo el barullo que se formó, se bajó del caballo y gritó:
- ¿Qué pasa aquí, vamos a ver?
Muy apurado cuando vio a mi chica ya en mis brazos, no se ni cómo, atinó a coger un cordón de una bota y atarle el cordón.
Burra, mira que eres burra, gritaba mi cuñada, y ahora que hago yo, decía ella. Mira que no decir nada con los dolores que habrás tenido.
Yo le contesté: pá que no se me olviden los dolores se llamará Dolores.
Y por eso siempre digo que mi Dolores es más de la Isla que un piquete de arroz.

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